lunes 14 de julio de 2008

Falsa premonición del ocaso

Lloró con amargura muchos días desde que la sombra de la última noche mostró su falda ligera por el rabillo del ojo.

Se estaba muriendo a sí mismo, y es conveniente señalar que no hay ningún error en lo dicho. Se atormentaba con febriles ilusiones, duras e implacables que, con una paciencia de dilatada experiencia, engullían sus entrañas sin rastro alguno de misericordia. La enfermedad de su vida era su vida misma, y el remedio se hallaba en el mismo interior que comenzaba a consumirse.

No obstante, era un hombre duro de firmes propósitos. La adversidad no le arrojó nunca contra el frío suelo del estadio de la derrota. Esta alucinación era, sin más, otro de los muchos ataques que iba a tener que interceptar en su fuero interno.