viernes 6 de febrero de 2009

Hombre de mente ágil

La tendencia irrefrenable a la reflexión es -en principio- propia de cualquier persona. Es normal, a lo largo del día, encontrarse con decisiones triviales que requieren una elección a menudo sencilla: el hecho de ir a trabajar cuando suena el despertador es, en el fondo, una cuestión de elección, de la misma forma que asistir a una cita cualquiera también hace que meditemos si es conveniente ir o es mejor quedarse en casa por algún motivo de última hora. Aquí no voy a entrar en asuntos éticos ni metafísicos, ni voy a plantear una intrincada serie de deducciones difílmente comprensibles partiendo las premisas dadas. No es necesario porque me parece evidente que pensar, todos pensamos.

La cuestión es que estas simples facultades mentales que ejercemos a diario y que son tan útiles para nuestro día a día, esto tan provechoso que podría llamarse simplemente elección, a veces se transmuta de forma oscura a otras capacidades también propias de nuestro raciocinio. Entramos en terreno pantanoso, y la mejor forma que encuentro de ilustrar este "denso fango" al que me refiero es algo que me es muy familiar: filosofía.

Por vocación tengo colegas cuya mayor fuente de confort y de agrado es reflexionar acerca de todo tipo de cuestiones, en todo tipo de campos. Es común que en alguna reunión de amigos se den todo tipo de temas: rutinarios, políticos, económicos y demás. Es normal también que impere el espíritu de amistad en estos coloquios tan entretenidos, y por eso es muy fácil darle rienda suelta a la creatividad mental sugiriendo todo tipo de medidas disparatadas para, por ejemplo, resolver la crisis global que hoy día nos asola. Me parece algo tan sano postular este tipo de pensamientos que lo recomiendo activamente -considero que imprime una huella creativa personal muy útil para nuestro día a día-. Pero, ¡cuidado! conviene recordar que lo que estamos haciendo es pasar un buen rato, y nada más.

Puede suceder que lo que alguien haya dicho para, por ejemplo, argumentar que el apocalipsis nos caiga encima en el 2018, lo defienda a ultranza e, incluso, lo califique de -atención- "TEORÍA". Pensemos: ¿teoría construida en medio minuto, expuesta sobre la marcha? Vaya una forma de hacer teorías. Lo que me parece es que, en un descuido, se ha echado mano de la diaria capacidad de elección que ejercemos y se ha aplicado el mismo mecanismo a la elaboración de una teoría. Dicho en otras palabras: igual que uno decide ir al trabajo cuando suena el despertador, el "teórico" empieza a imaginarse decisiones y termina eligiendo la que más correcta le parece. El alcance de este ejemplo no merece atención ninguna: a lo sumo comportará una leve pérdida de tiempo.

Pero, de cualquier modo, esto no está bien. Ese espíritu con prisas de hoy en día, esa promoción de la mente ágil y las acciones rapidas y concisas... ese hacerlo todo pronto no vale para todo. A mí me parece, por lo tanto, que hay que saber muy bien cuándo estamos hablando de elecciones triviales, cuándo estamos echando unas risas con los amigos, y cuándo estamos haciendo otro tipo de cosas que requieren otro ritmo de trabajo. Y como hacer "teorías" cualquier cosa: hay asuntos que sólo llevan unos cuantos minutos, y hoy en día se premia la rapidez a la hora de hacer las cosas, pero no todo se puede hacer en un rato. De modo que para algunas cosas, como leer o ayudar a una persona en un problema, o para hacer un simple plan de vacaciones, hay que tomarse algo más de tiempo que para "hacer descubrimientos".

1 comentarios:

Esther dijo...

Para mí hay cierta cosa en la que no me importa invertir todo mi tiempo mental, y es indiscutible :P